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El Bartoleo

ARGO. Dir: Ben Affleck (2012)

Fui al cine convencido de que iba a ver la gran película. Para afirmarlo tenía dos argumentos contundentes, una era haber visto los dos trabajos de Affleck como director, Gone, baby gone y The town, la otra eran los kilómetros de tinta que habían desplegado los críticos después de ver la película. La trataron como “El evento cinematográfico del año”, “Una revelación” ante estas expectativas es imposible no sentirse ansioso cuando las luces se apagan y empiezan a aparecer los créditos.

Usando de una manera muy acertada el recurso del Story board nos empiezan a poner en el contexto de la película. En 1979 después de la revolución chiita los gringos le dieron asilo al derrocado Sha y el Ayatolah furioso mandó a tomar la embajada de Estados Unidos y secuestrar a todos los que trabajaban en ella a cambio de que devolviera a Irán al Sátrapa para ser juzgado allí. De más está decir que el gobierno de Carter desoyó las amenazas y comenzó a idear un plan para sacar de allí a seis empleados que habían logrado escapar de la embajada y ahora se escondían en la casa del embajador canadiense.

Había que sacarlos del país lo más pronto posible. Las ideas que proponen los “duros” de Inteligencia no tienen nada que ver con lo que vemos en James Bond, hay alguien incluso que es capaz de decir que lo mejor es enviar unas bicicletas y que los siete pedaleen hasta Irak. La idea menos mala es planear una película para ser rodada en Irán. A Tony Mendez la idea se le ocurrió mientras hacía zapping y se encontró con Batalla en el planeta de los simios. Pensó que se podría hacer el planteamiento para realizar una película de ciencia ficción en el medio oriente… porque no en el Irán de Khomeini. Friedkin había filmado secuencias de su exorcista en Irák unos años atrás… así que ¿Por qué no?. Allí podrá entrar el mismísimo Ben Affleck (Quién es el extractor) y convertir a los empleados de la embajada en todo un equipo cinematográfico.

En esas está uno frente a la pantalla, esperando que aparezca la gran película que hemos leído en los periódicos pero esta la verdad nunca aparece. Con esto no quiero decir que Argo no sea digna de verse. Al contrario, es una obra digna de un director joven quien no tardará en convertirse en alguien de la talla descomunal de Clint Eastwood. El problema radica en que con un argumento tan fuerte como el que se plantea la narración empleada por Ben Affleck se queda francamente corta.

Nunca pudimos sentir la tensión de los siete refugiados en la casa del canadiense precisamente porque no hubo la intención par parte del director de hacer de cada uno de ellos una persona diferente. Affleck creyó que con maquillarlos y volverlos idénticos a los protagonistas reales era suficiente. Ese exceso de maquilla es lo que tal vez convierte a estos personajes en marionetas sin vida, inexpresivos.

Me fijé en los créditos que George Clooney es uno de los productores. El director de Confesiones de una mente peligrosa poco a poco se está dejando influenciar por la frialdad del insoportable Steven Sodenbergh. Después de un comienzo prometedor Clooney demostró con la reciente Idus of march que es un director muy eficaz, muy técnico pero sin muchas cosas para decir. Posiblemente los consejos de su productor terminaron haciendo mella en el proyecto de Affleck. Lo primero que tiene que hacer Ben al que de entrada quiero decir que no sólo no me cae mal sino que lo considero una de las esperanzas de que el cine norteamericano pueda volver a los niveles de calidad que tuvo en la década del setenta, es dejar de actuar. No podemos sentir ningún afecto por ese hombre frío que vive sus días pegado a una botella, silencioso y triste y lamentablemente sin ningún matiz de humanidad. Resulta extraño que siendo productor y director actores sean justamente las actuaciones el lado más flaco de Argo. Por eso cuando vemos a Allan Artkin en su delicioso papel de productor de Hollywood y al gran John Goodman pareciera que volviéramos a respirar un poco. Le dan algo de cinismo a unas actuaciones demasiado solemnes.

Tal vez si no hubieran hablado tanto de ella yo hubiera ido a disfrutar la película como verdaderamente es: una buena historia de espías y no esa obra maravillosa, extraordinaria que pareciera estar avocada irremediablemente a acaparar los premios más importantes que anualmente entrega la academia.

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